12/07/07

Los dilemas de Occidente

http://www.lanacion.com.ar/opinion/nota.asp?nota_id=916286

Por Carlos Escudé
Para LA NACION

La razón retrocede en nuestro mundo, y no sólo a causa del extremismo islámico. En un plano filosófico, tres Occidentes coexisten conflictivamente en la primera década del siglo XXI. Por un lado están aquellos que adhieren literalmente a las Escrituras judeocristianas. Esta facción, que alguna vez dominó, retrocedió a lo largo de tres siglos frente al embate de la Ilustración. Casi se extinguió, pero hoy ha renacido gracias, principalmente, a fundamentalistas protestantes que, entre otras cosas, promueven con éxito el creacionismo bíblico.
Por cierto, desde hace varias décadas asistimos a un fenómeno opuesto al de los siglos anteriores. El Occidente liberal y secular claudica frente a un Occidente religioso y fundamentalista, que en algunos estados norteamericanos ha conseguido prohibir la inclusión de las teorías de Charles Darwin en la instrucción pública. Aunque la ciencia avanza a raudos pasos en los centros del saber y los gabinetes de desarrollo tecnológico, una cuña se ha interpuesto entre la vanguardia de nuestra civilización y las grandes masas, generando bizarras paradojas. Esta embestida, que vista desde los valores del Occidente liberal y secular es oscurantista, está anclada en una interpretación literal de contenidos bíblicos.
Por su parte, el Occidente secular se subdivide en dos segmentos reñidos entre sí: el que permanece fiel a las ideas de la Ilustración y el posmoderno, cuyas concepciones multiculturalistas lo alejan crecientemente del liberalismo original.
El conflicto entre estas cosmogonías seculares deviene de un dilema de difícil resolución. Los herederos del Iluminismo nos recuerdan que la democracia republicana descansa en la premisa de que el individuo humano posee un valor trascendente, que lo dota de derechos esenciales compartidos por todos los hombres y mujeres de la Tierra. Quizá no sin razón, han concluido que una sociedad basada en esta concepción ha alcanzado una moral cívica superior a la de aquellas que la ignoran. Ergo, las culturas no son moralmente equivalentes.
En la vereda de enfrente, los adeptos a la corrección política vigente rechazan toda presunción de superioridad moral por parte de la cultura cívica occidental, por lo menos frente a civilizaciones de comparable arraigo histórico. Rechazan las premisas de la Ilustración, a las que consideran antiestéticas e incompatibles con la sofisticada ciencia social posmoderna. La realidad de democracias multiétnicas y multiculturales hace de esta una actitud cómoda y atractiva.
Estos posmodernistas no intentan refutar el postulado de que todos los individuos poseen los mismos derechos esenciales. Les alcanza con señalar que, aunque ellos comparten esa venerable creencia, ¡nadie la ha demostrado jamás! Es cuestión de fe, como cualquier premisa teológica. Razonan que, en un plano lógico, no hay diferencias entre la imposición de la religión laica de los derechos humanos a un pueblo que cree que las adúlteras deben ser lapidadas, y la pretensión de los extremistas islámicos de imponernos las penalidades de su ley sagrada cuando un periódico occidental publica caricaturas de Mahoma. Por cierto, las caricaturas ofenden el sentido moral de los musulmanes tanto como las lapidaciones ofenden el nuestro. Para nosotros es sagrado el derecho a la vida de esas mujeres; para ellos lo es la dignidad de Mahoma.
Es por eso que, a diferencia de quienes defienden la herencia de la Ilustración, nuestros posmodernistas sugieren que existe una equivalencia moral entre estas culturas tan disímiles. Y en esta brega al interior de nuestra civilización, ellos ganan posiciones en casi todos los frentes, mientras el fundamentalismo bíblico se recupera parcialmente a costa del Occidente liberal y secular, que es el gran perdedor.
Por otra parte, aunque en su contenido ambas cosmogonías seculares se oponen al fundamentalismo judeocristiano, en términos de su lógica interna, el pensamiento derivado de la Ilustración está más cerca de dicho fundamentalismo que del multiculturalismo posmoderno. Iluministas y fundamentalistas creen en sus respectivas Verdades, y es por eso que comparten una mayor disposición para ir a la guerra que los multiculturalistas.
Por cierto, nada hay tan ajeno a los fundamentos judeocristianos como la creencia de que todas las culturas son moralmente equivalentes. Tanto para el Antiguo Testamento como para el Nuevo, la tolerancia religiosa es por lo menos indeseable. Para las Escrituras judeocristianas hay una sola verdad, y según sus fundamentalistas, todo lo que se le oponga debe ser combatido.
A su vez, los verdaderos liberales tampoco suscriben a la equivalencia moral. En esto coinciden con los religiosos moderados y con los fundamentalistas, aunque diverjan sobre lo que hace superior o inferior a una cultura. En lo que toca a las relaciones entre los individuos y el Estado, la Ilustración nos enseña que hay una verdad que eclipsa a las demás y no acepta excepciones: la que afirma que todos los hombres y mujeres poseemos los mismos derechos esenciales.
Por lo tanto, sus adeptos rechazan el multiculturalismo relativista tanto como los fundamentalistas bíblicos. Aunque las verdades pregonadas por la Biblia y por la Ilustración son diferentes, ambas son la antítesis del relativismo. Las dos facciones adhieren a un realismo filosófico que supone que, incluso en el plano moral, hay verdades objetivas que son más que meras construcciones sociales. Y ambas están asediadas por el multiculturalismo triunfante, que, paradójicamente, se ha convertido en el aliado táctico del extremismo islámico, a pesar de que en sus esencias es su enemigo estratégico.
Obsérvese que nada hay tan radicalmente igualitario como el multiculturalismo, que a fuer de relativista todo lo iguala. Y nada hay más absolutista que el extremismo islámico, que pretende imponerle al mundo un orden teocrático. Sus adeptos son tan ajenos al espíritu multicultural, que ni siquiera nos aceptan como turistas en sus ciudades sagradas.
No obstante, en la actualidad se plasma una alianza implícita entre este multiculturalismo occidental y el fundamentalismo islámico. Los biempensantes de Occidente parecen creer que hay que ser tolerantes incluso con la intolerancia, si ésta proviene de una matriz cultural histórica. Por eso, el multiculturalismo priva a Occidente de las defensas necesarias para luchar de igual a igual frente a un extremismo islámico que, a diferencia del judeocristiano, muchas veces deviene en terrorista.
La pregunta es, entonces, ¿quién ha de ser el aliado táctico de los hijos de la Ilustración en esta nueva era de la historia mundial? Aliarnos a los fundamentalistas bíblicos implicaría traicionar un imperativo categórico del liberalismo: la tolerancia. Plegarnos a un multiculturalismo secularizado que le hace el juego al extremismo islámico equivaldría a contribuir a la destrucción de Occidente. Permanecer solos, finalmente, significaría caer en la irrelevancia y también, por omisión, contribuir a la extinción de nuestra cultura.
Tal es la magnitud de los dilemas que enfrenta Occidente.
El autor es director del Centro de Estudios Internacionales de la Universidad del CEMA.

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